Moda, cócktails, y huelga general

Es curioso cómo funcionan las modas. De pronto, de la noche a la mañana, todo el mundo comienza a beber Gin Tonic, y las ventas de los ingredientes de este cócktail se disparan, con la consiguiente proliferación de marcas en nuestro mercado. España ha llegado a convertirse, de repente, en el segundo -primero según otras fuentes- consumidor de ginebra del mundo.

Con la misma rapidez que el Gin Tonic, se tienden a extender otro tipo de modas. Aquí voy a ocuparme de la que atañe a las opiniones sobre los sindicatos y la reciente huelga general del 29-M.

Entre los detractores de la huelga (que suelen serlo también de los sindicatos, de las políticas progresistas, y a menudo también de la clase trabajadora en general), se empezaron a hacer célebres ciertos argumentos que, de pronto, al igual que el citado cocktail, todo el mundo repetía en determinados foros. Analicemos un par de casos:

“Los sindicatos estuvieron de brazos cruzados durante el gobierno del PSOE y sólo se mueven ahora que gobierna el PP”.

Si hay algo que hay que tener en cuenta con relación a los argumentos, ideas, discursos o consignas que se ponen de moda, es que no tienen por qué ser ciertas para que calen en determinados grupos de la sociedad. Éste es uno de los casos. En efecto, de ocho huelgas generales por las que ha pasado nuestro país en la democracia, cinco han sido convocadas ante un gobierno del PSOE, mientras que sólo dos (contando ésta última) se han producido durante un gobierno del PP (la restante, de 1978, tuvo lugar bajo el gobierno de UCD). El propio gobierno de Zapatero, aunque algunos parecen no querer recordarlo, se enfrentó el 29 de septiembre de 2010 a otra huelga general. Parece, entonces, que este argumento que de pronto ha empezado a utilizarse tan comunmente, tiene poco de cierto.

“Yo no creo en los sindicatos”

Al margen de que se puede (e incluso a veces se debe) estar en desacuerdo con la opinión, actitud, acciones, etc., de una determinada persona u organización, negar la utilidad de los sindicatos me parece un planteamiento lógico de la derecha empresarial, pero preocupante cuando es utilizado por trabajadores.

Preocupante pero comprensible, ya que, como decía, desde distintos foros se han ido lanzando mensajes antisindicales (con intereses muy claros) que finalmente terminan calando en algunas personas. Frente a esto, propondría un ejercicio muy sencillo: que el lector trate de hacerse una fotografía de lo que era la vida en una fábrica del siglo XIX. Cito alguna de las cosas con las que nos encontraríamos:

  • Despotismo absoluto por parte del empresario: Se podía castigar con multas, con total arbitrariedad, al trabajador que se ausentase de su puesto de trabajo ante cualquier necesidad, o simplemente hablase o silvase durante el trabajo.
  • Jornadas laborales de más de 12 horas (más largas todavía a partir de la aparición de las lámparas de gas).
  • Inseguridad. Los trabajadores debían, en caso de ausentarse por enfermedad, buscar ellos mismos un sustituto para su puesto. Por supuesto, no cobraba los días que se ausentase, y podía ser despedido sin ningún tipo de motivo ni derecho a indemnización. Además las fábricas eran lugares de gran insalubridad, donde era frecuente contraer enfermedades crónicas.
  • Trabajo infantil. Los niños constituían una mano de obra muy rentable, ya que eran más sumisos y cobraban un salario menor. En los casos de muchas minas, además, su pequeño tamaño los hacía más aptos para meterse por las pequeñas grietas y poder extraer el mineral (esta práctica se llevó a cabo hasta hace muy poco tiempo en las minas españolas).

Podríamos poner un largo etcétera para describir unas condiciones realmente lamentables a las que estoy seguro de que casi nadie querría volver. Digo “casi nadie”, porque también estoy convencido de que muchos empresarios sin escrúpulos se frotarían las manos ante la idea de poder volver a una situación similar, en la que el patrón no tuviese que acogerse a más ley que la que él mismo dictase, y los trabajadores no tuviesen ningún tipo de derecho que impidiesen al empresario explotarlos hasta el límite de sus fuerzas y hasta el fin de sus vidas.

¿Cómo hemos llegado a tener unas condiciones de trabajo más dignas? A través de años de organización y de lucha por parte de la clase obrera. Han sido las organizaciones sindicales las que, paulatinamente, han hecho valer los intereses de los trabajadores frente a un sector empresarial que -de manera hasta cierto punto comprensible- sólo velaba por los suyos propios.

En situaciones de crisis, como la que atravesamos, las contradicciones entre los intereses de trabajadores y empresarios, se hacen más patentes que nunca. Es por ello que desde la derecha empresarial, frecuentemente se lanzan mensajes que traten de desacreditar a las organizaciones sindicales, haciéndose eco de la vieja consigna napoleónica de “divide y vencerás”. Más triste es que estos mensajes sean recogidos por algunas personas de clase trabajadora que, en una suerte de síndrome de Estocolmo social, pueden llegar a parecer más interesados en defender los intereses de su patrón, que los propios.

He sido y seré el primero en criticar los errores de las organizaciones sindicales. Pero al César lo que es del César. Me gustaría que todos juntos hiciésemos el ejercicio que proponía, y nos planteásemos si realmente queremos volver a un mundo en el que los intereses de los trabajadores no se vean representados (al margen de que consideremos que se hace mejor o peor, que sería otro debate), y en los que las empresas sean, unilateralmente, las que decidan las condiciones que le correspondan a sus empleados. Un mundo como el que pedía Esperanza Aguirre, sin sindicatos, sería un mundo con esclavitud.

Por todo ello, es muy importante que estemos atentos a qué cocktail se pone de moda: algunos pueden ser realmente explosivos.

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