Manolín Preciado es uno de los entrenadores más queridos en la liga española. Fotografía: EP

Un eterno luchador

Fallece Manuel Preciado con 54 años de edad por un infarto de miocardio.

Cuando muere un deportista, un técnico o un entrenador siempre se dice que el deporte ha perdido a un grande. Ayer le tocó al fútbol, con el fallecimiento de Manuel Preciado. Pero más que eso, el que se ha ido era una maravillosa persona. El mundo perdió ayer a un gran hombre.

Nacido en El Astillero (Cantabria) en 1957, Preciado fue un jugador promedio. Se formó en el filial del Racing de Santander como defensa y debutó en el primer equipo en la temporada 1977/78. Disfrutó de los mejores y peores momentos en la máxima categoría hasta 1982, año en que fichó por el Linares CF, que jugaba en segunda. Posteriormente pasó por varios equipos como el RCD Mallorca, el Deportivo Alavés y el CD Orurense, para acabar su carrera como futbolista de vuelta a su tierra, en la Gimnástica de Torrelavega, en 1992.

Tras tres años de inactividad deportiva, Preciado se estrenó como entrenador con el mismo club que le había visto retirarse. Su primer año como técnico resultó un éxito, al conseguir ascender al equipo a Segunda División B; hazaña que repitió al año siguiente con el Racing B. En la temporada 2002/03 fue cuando se estrenó en la máxima categoría, esta vez con el Real Racing Club de Santander. Pese al cariño que le profesaba la afición, esa temporada presentó su dimisión por sus diferencias con el empresario Dmitry Piterman, máximo accionista del club en esa época, quien pretendía imponer su criterio en el área técnica.

Tras conducir al Levante a Primera División (el cuarto ascenso de su carrera y el primero a la máxima categoría), pasó por el Real Murcia y de nuevo por el Racing de Santander, antes de establecer su residencia en Gijón al firmar por el Sporting.

La afición racinguista le ha otorgado un homenaje espontáneo en los Campos de Sport del Sardinero, al igual que ha sucedido en Gijón y en la ciudad de Levante.

Años rojiblancos

En el verano de 2006 Manuel Preciado, o Manolín, como se le conocía cariñosamente, fichó por el equipo asturiano, que llevaba nueve años en Segunda División. En la temporada 2007/08 el conjunto ascendió, logrando Manolín su quinta promoción como entrenador. Durante seis años estuvo dirigiendo al equipo rojiblanco, contando con el cariño y el apoyo de la afición, y ostentando el record de ser el técnico que más tiempo ha permanecido en el banquillo de El Molinón (232 partidos). Durante esos años, el Sporting permaneció en la máxima categoría, a veces decidiendo su futuro en la última jornada.

Pero no es por los éxitos deportivos por lo que Manolín es querido allá donde va. Su campechana forma de ser, su frescura, su saber estar y su humildad se han ganado el cariño de los asturianos y de los aficionados de otros equipos españoles. Preciado era un hombre que se vestía por los pies, que lo que más pedía a sus jugadores era que pelearan hasta el final y a la afición que jamás dejara de confiar. Era un hombre íntegro que sabía estar, que no se mordía la lengua pero que jamás le faltó a nadie al respeto. Si tenía que poner a alguien en su sitio, lo hacía, pero sin perder los anillos ni su esencia.

Por todo lo que él era, la afición sportinguista le ha sido fiel durante todos estos años. Tanto es así, que cuando en enero de 2012 la directiva del club decidió prescindir de él por la mala racha de derrotas, los aficionados se mostraron disconformes y le despidieron entre lágrimas. Estas también caían por sus ojos el día que dijo adiós al equipo que más emociones le provocó en su carrera como técnico.

Anteayer, 6 de junio, horas antes de su fallecimiento, había firmado un contrato para entrenar la próxima temporada al Villarreal, equipo recién descendido a la segunda categoría. Desgraciadamente, esa noche un infarto se llevó la oportunidad de que los aficionados amarillos disfrutaran de Manolín con la misma intensidad que lo hicieron los sportinguistas y los racinguistas.

Una vida plagada de desgracias

Los últimos años de la vida de Preciado han estado marcados por la tragedia. Tras perder a su mujer Puri en 2002 por un cáncer y, dos años después, a su hijo Raúl en un accidente de moto, Manolín se enfrentó el año pasado al fallecimiento de su padre, que fue arrollado por un coche. Pese a tantos palos, la actitud positiva del técnico cántabro ha sido una constante en su vida. Era un ejemplo con su actitud frente a las adversidades, y demostró una entereza increíble en momentos de debilidad.

La vida me ha golpeado fuerte. Podía haberme hecho vulnerable y acabar pegándome un tiro, o podía mirar al cielo y crecer. Elegí la segunda opción. Tengo la mente muy abierta y clara. Detrás de los que se han ido, a los que lloro muchos días, hay otros que están, como mi hijo, mi hermana, mi madre… Sería un cabrón, entre comillas, si no diera todo lo que doy”.  Estas palabras las pronunció poco después de la muerte de su padre, demostrando el positivismo que marcaba su fuerte y carismático carácter. Siempre quiso mantenerse sereno por los que se quedaban a su lado. Hoy su otro hijo, Manuel, se queda un poco más solo.

Ayer el último golpe fue asestado directamente al corazón. Manolín estaba en Sueca (Valencia) tras firmar con el Villarreal, y pasando unos días de descanso con su esposa, con la que contrajo matrimonio el pasado noviembre. Fue un infarto fulminante. Por primera vez la vida le dio un golpe del que no pudo levantarse, y son muchos hoy los que lloran su pérdida. La peor derrota de un grande del fútbol tan querido en España.

IMAGEN PRINCIPAL: EP

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