Momentos de cambio

Si hay algo más grave que la infinita incompetencia de este Gobierno, es el profundo desprecio que siente y muestra hacia su pueblo. Desprecio que, si bien no ha estado nunca oculto entre la gente del PP, desde el poder y la comodidad que otorga la mayoría absoluta, se pone más de manifiesto que nunca. El sonado “que se jodan” de Andrea Fabra, o la arrogancia barriobajera de Esperanza Aguirre al referirse a las movilizaciones de los mineros, no son más que síntomas visibles de ese sentimiento de desprecio hacia el pueblo para el que supuestamente trabajan. Al que supuestamente representan.

Pero hay muchas formas de insultar, y no siempre la más tosca es la más grave. Estamos ante un gobierno que, desde que llegó al poder, nos tiene acostumbrados a las contradicciones, a las mentiras, a la ocultación de información, a mirar hacia otro lado ante los múltiples y gravísimos casos de corrupción, y a continuados ataques hacia las clases medias y los derechos conquistados a través de décadas de progreso social.

Una de las características de Rajoy, es su tremenda cobardía, impropia de un Presidente del Gobierno. Pocas han sido las veces que ha comparecido en público para dar explicaciones sobre sus medidas (supuestamente) anticrisis. Por el contrario, ha preferido que fuese uno u otro ministro el que diese las explicaciones oportunas y, por tanto, sufriese el desgaste ante la ciudadanía, mientras él se ponía bajo cubierto. Y las pocas veces que lo ha hecho, ha apelado, como justificación a sus ataques hacia el pueblo, a lo doloroso que le resulta tener que tomar dichas medidas, y la supuesta valentía de la que ha tenido que hacer gala para llevarlas a cabo. Hasta hace poco, lo valiente habría sido la capacidad de asumir sufrimiento. Al parecer, ahora -al menos para Rajoy- la valentía consiste en la capacidad de infligir sufrimiento a los demás.

Cada vez son más las personas que tienen una visión desoladora de su futuro. Cada vez más las que tienen un presente desolador. Y cada vez más las que se dan cuenta de que las medidas adoptadas por este Gobierno, además de contradecir frontalmente lo prometido en su programa electoral, tienen como claro objetivo el cargar a las clases trabajadoras con el peso de la crisis, a la vez que se protege a los más privilegiados. Y de paso, tenemos la coartada perfecta para cabalgar hacia un viejo sueño de la derecha: terminar con el estado de bienestar, otorgar protagonismo a lo privado en detrimento de lo público, recortar en derechos y libertades sociales, y un largo y perverso etcétera.

Nos encontramos ante un Gobierno que ya no tiene credibilidad ni legitimidad. Por ello, en los últimos días, se han multiplicado los debates sobre posibles alternativas: dimisión en bloque y convocatoria de nuevas elecciones, creación de un gobierno de concentración, nombramiento de un tecnócrata como Presidente… En realidad no parece que ninguna de estas opciones, las más populares en los debates, puedan aportar una solución (al menos estable) a la realidad que vivimos.

En efecto, las crisis (en plural) económica, social, y política que atravesamos, no son sino síntomas de algo mucho más grave: una crisis sistémica. Han pasado años desde que Sarkozy, nada sospechoso de izquierdista, anunciaba al mundo la necesidad de “reformar el capitalismo”. Las propuestas que en este sentido que se han podido oír desde la derecha son preocupantes. Incluso no han faltado voces que han sugerido que debíamos mirar hacia el modelo chino. Pero ¿se puede reformar algo sobre lo que ya no tenemos el control? Y lo que es más importante: ¿Se puede seguir sosteniendo indefinidamente un sistema basado en el continuado crecimiento, como si viviésemos en un planeta con recursos y territorios ilimitados?  También en este caso, cada vez son más las voces que dicen claramente que no.

Todo apunta, aparentemente, a que nos encontramos en uno de esos momentos de la Historia en que el mundo experimenta profundos cambios que terminan por transformarlo. Quizás por ello debemos tener la mente más abierta que nunca, buscar nuevas fórmulas, olvidarnos de viejos cánones, repensar el mundo en que vivimos… y lo más importante: pensar en el mundo en que queremos vivir.

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