Ladrones y ladrones

Hace pocos meses, la dependienta de un pequeño comercio de mi barrio me dejaba atónito con el relato de lo que acababa de acontecerle apenas unos minutos atrás. Ese lunes, como cada día, la empleada abrió el establecimiento a primera hora de la mañana. Cuando todavía se encontraba encendiendo las luces, un individuo con la cara tapada por un pasamontañas se introdujo en el local esgrimiendo un cuchillo de cocina en una mano. Mientras realizaba gestos amenazantes con el cuchillo, comenzó a gritar exigiendo que le entregase todo el dinero que hubiese en la caja. La empleada, presa del pánico, intentó explicarle que la caja se encontraba vacía, ya que todas las noches, los propietarios retiran la recaudación de la jornada. A continuación sucedió lo insólito. El enmascarado, en lugar de enfurecerse -como habría sido predecible- se vino abajo. Comenzó a llorar y a suplicar perdón entre sollozos. Confesó que era la primera vez que hacía algo así. Que nunca se le había pasado por la cabeza llegar a tal punto. Pero llevaba meses sin ningún tipo de ingresos, y sin poder alimentar a sus hijos. Estaba desesperado.

Por llamativo que pueda resultar este suceso, parece que escenas parecidas tienen lugar más frecuentemente de lo que podríamos imaginar. Y lo que es más preocupante, el número de casos de personas que se ven obligadas a delinquir por primera vez en su vida, asciende vertiginosamente.

Solo en la capital, los procesos judiciales por robos en casas habitadas o en locales abiertos al público aumentaron un 294,17% en 2011, según los datos del Tribunal Superior de Justicia de Madrid.

Antonio (no es su nombre real), nos cuenta que, tras toda una vida dedicada a trabajar duramente para sacar a su familia adelante, hace dos años se quedó sin empleo. Desde entonces busca desesperadamente trabajo, y hace solo unos meses, comenzó a delinquir. “Solo queremos ganar un poco de pan. No robo por gusto, ¿sabe? Robo para dar de comer a mis hijos. Algunas cosas las saco de la basura pero si tengo que robar algo, lo hago”.

Los testimonios son desgarradores. Trabajadores honrados, padres de familia a los que jamás se les había pasado por la cabeza la idea de tener que recurrir a la delincuencia para poder dar de comer a sus hijos. Que nunca se habrían sentido capaces de tal cosa. Personas como Antonio, que un día, casi sin darse cuenta, se despiertan y comprueban que han sido expulsados de la sociedad, despojados de sus principios, y de sus propias vidas.

Charlamos un largo rato con Antonio, y la conversación le lleva a tirar al aire una pregunta retórica: ¿Quién tiene la culpa de nuestra situación? Con la mirada perdida en el vacío, toma aire, asiente, y se responde a sí mismo, con una mezcla de tristeza, impotencia y rabia: “Los verdaderos Ladrones”.

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