Percepciones occidentales del Mundo Árabe

Este análisis se centra en la evolución de la concepción occidental de Oriente, especialmente del Mundo Árabe, desde la colonización europea de los siglos XIX y XX. Los estereotipos negativos, el sentimiento de superioridad y la sensación de que Oriente necesita ser guiado para evolucionar son elementos que continúan a día de hoy, con una causa mucho más profunda, el miedo. Por lo tanto, aquí se exponen algunas de las percepciones que los occidentales tienen del Mundo Árabe, que son con frecuencia producto de la ignorancia y la manipulación. Para ello, he tomado como base una de las obras más importantes del ensayista y teórico literario palestino-estadounidense Edward W. Said (1935-2003), Orientalismo.

Desde la muerte de Mahoma en el año 632, el islam, con su hegemonía política, cultural y también militar, se expandió con mucha fuerza y llegó a dominar una parte muy importante del mundo. Entonces, los europeos ya temían esta religión, lo que, en aquel momento, podría considerarse normal. Pero este temor implícito en el carácter occidental persistió a lo largo de los siglos y se mantiene en la actualidad. No obstante, el miedo toma muchas formas y, en este caso, se transformó en sometimiento, rechazo y marginación de los pueblos árabes según se fueron conquistando sus territorios. Fue a partir del siglo XIX cuando se escribieron obras dentro de la disciplina que se podía denominar orientalismo, el estudio de Oriente. De hecho, su periodo de mayor éxito abarca desde el año 1815 hasta 1914, coincidiendo con el dominio colonial europeo, que se amplió de la ocupación de un 35 por ciento de la superficie terrestre a un 85 por ciento. Es por esto que los textos orientalistas aportan un gran valor documental a la concepción europea de Oriente en esa época, y permite analizar los elementos de continuidad que llegan hasta nuestros días.

Es interesante comenzar por algunos motivos y estereotipos orientales que se han repetido a lo largo de la historia del orientalismo, en base a la obra Orientalismo, de Edward Said. En un primer momento, con las tropas napoleónicas y los periodos posteriores, se ve Oriente como un lugar exótico, repleto de novedades que el europeo está dispuesto a aprovechar. Pero enseguida llega uno de los factores que en la alta sociedad europea genera un aparente rechazo, aunque en realidad se trata de un elemento exótico más: la sexualidad oriental, especialmente referida a las mujeres orientales, a quienes se ve –ya más concretamente a mediados del siglo XIX– como una inspiración literaria del deseo: sumisa, obediente y sensual. Con esto aparece la visión de Oriente como un lugar donde la moralidad no existe y cuyos habitantes no reprimen en ningún momento su deseo sexual. De hecho, hay varios textos en el libro de Said que reflejan incluso de manera grotesca y desagradable detalles sexuales al aire libre. Se pueden leer algunos ejemplos en una obra de Gustave Flaubert, Flaubert in Egypt: A sensibility on tour:

Para divertir a la muchedumbre, un día el bufón de Mohammed Ali cogió a una mujer en un bazar de El Cairo, la puso encima del mostrador de la tienda y copuló con ella públicamente, mientras el tendero seguía fumándose una pipa.

En la carretera de El Cairo a Shubra, hace algún tiempo, un joven se hacía sodomizar públicamente por un gran mono, como en la historia anterior, para dar una buena opinión de sí mismo y hacer reír a la gente.

Hace poco tiempo murió un morabito. Era un idiota que había pasado durante mucho tiempo por un santo iluminado por Dios; todas las mujeres musulmanas iban a verle y a masturbarle y, al final, murió de agotamiento, ya que desde la mañana a la noche aquello era un meneo continuo.

Pero, a la vez, aparece la doble moralidad europea, cuando este «pecado» se convierte en una atracción importante para los viajeros occidentales. Además, la visión de la sumisión de la mujer ante los deseos masculinos es también una metáfora del sometimiento general de los pueblos árabes ante los colonizadores y portadores de la «verdadera civilización».

Otro motivo importante es la presentación de Oriente como lugar de peregrinación y, por tanto, como un espectáculo, donde las gentes son anónimas, lo que provoca una generalización injusta, además de una deshumanización. Según avanza la colonización europea, los orientalistas franceses y británicos comienzan a tratar a los árabes como si fueran parte de un juego de niños. Así, ambos países se enfrentan por el «cariño» de los orientales, si bien llega un momento en que a Francia no le queda más que la nostalgia de lo que un día tuvo. Pero, por ejemplo, lord Cromer explica que el motivo por el cual los «asiáticos y orientales» sienten una mayor atracción por la civilización francesa es el carácter «vivaz y [de] hombre de mundo que no sabe lo que significa la palabra vergüenza y que en diez minutos actúa como si fuera amigo íntimo de cualquiera a quien haya podido conocer». Comienza así un rifirrafe entre los dos países olvidando –o queriendo olvidar– que ambos colonizaron tierras en las que ya existía una civilización y que esta siempre se ha sentido sometida, fuera quien fuera el conquistador. Enfrentarse por algo tan trivial no es más que un insulto y una burla hacia los pueblos árabes.

Pero la cuestión de fondo de todo esto es sin duda el miedo a la cultura oriental en general y al islam en particular, potenciado además por la ignorancia. En el siglo XIV, Dante ya reflejaba en su Inferno a Mahoma, situándolo en el octavo de sus nueve círculos, es decir, aquel en el que estaban los «difusores del escándalo y del cisma». En el noveno círculo, detrás del profeta y más cerca de Satán, tan solo quedaban los traidores y los farsantes. Este miedo histórico a los orientales también se refleja en el siglo XX, como hizo John Buchan en 1922, refiriéndose especialmente a los chinos, hacia quienes expresaba burla porque trabajaban duro fabricando cosas que Occidente consideraba nimiedades. Así, Buchan dice: «No tienen ninguna dirección, ni poder que los conduzca y así todos sus esfuerzos son vanos y el mundo se ríe de China». Detrás de esta burla aparente resurge el miedo histórico a Oriente. Asia era y es el continente más poblado y sus gentes, tanto del lejano como del próximo Oriente, podían organizarse para constituir sus propios sistemas –como ha sucedido después–, así que esta idea retumbaba en las mentes occidentales y suponía una grave amenaza ante la superioridad de Europa y más recientemente, también de Estados Unidos.

Y así llegamos al último punto, que es el más importante y precisamente lo último de lo que hemos hablado: la superioridad y el eurocentrismo. Ya en el siglo XX, la escuela dura de Estados Unidos recuerda que los orientalistas son responsables de haber proporcionado a Oriente Próximo una apreciación exacta de su pasado, dando a entender que saben cosas que los orientales no pueden saber por sí mismos. Esta superioridad es una cuestión esencial, porque los dogmas que marcaron el orientalismo en sus inicios aún continúan funcionando, como se ve. Por una parte, la diferencia absoluta entre Occidente y Oriente. Los primeros, «nosotros», somos los buenos, los racionales, los desarrollados y humanos. En definitiva, superiores. «Ellos» son aberrantes, inmorales, subdesarrollados e inferiores. Esta diferenciación se continúa haciendo a día de hoy, a través de los medios de comunicación y los discursos políticos. Por otra parte está la negación inconsciente o consciente del progreso de la civilización oriental. Se sigue mostrando una imagen clásica, sin evolucionar, en lugar de atender a testimonios directos de las realidades modernas. Además, se considera que los orientales son por naturaleza inútiles y vagos, por lo que son incapaces de definirse a sí mismos. Es necesaria la presencia de europeos y estadounidenses para crear esa definición en base a los criterios occidentales, pero, por supuesto, «objetivos». Esta afirmación lleva implícita la necesidad de control que, según Occidente, tiene Oriente, que es incapaz de gobernarse a sí mismo sin caer en dictaduras y despotismos, como el de la propia religión, considerada una tiranía en sí misma, al abarcar no solo creencias divinas, sino también aspectos de la vida cotidiana y la política.

En definitiva, los prejuicios occidentales sobre Oriente continúan siendo los mismos que hace doscientos años, aunque parezcan más sutiles. El más usado actualmente sigue siendo el islam, cuyas vertientes radicales se han utilizado en beneficio de Occidente. Se han generalizado esas ideas fanáticas, que distan mucho de las originales de la propia religión, y se envían a través de los medios de comunicación a la opinión pública. Estos mensajes, unidos a la ignorancia de la gente, provocan la islamofobia que se vive hoy en día en todo el mundo. Esto es precisamente lo que Occidente quiere, pues ahora, a través de este islamismo radical, continúa la eterna división entre «nosotros», civilizados y democráticos; y «ellos», locos suicidas en nombre de la religión.

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