Dejarse llevar…

Un folio en blanco y, de nuevo, las palabras. Las mismas que rescatan de ese inmenso vacío que, a menudo, sentimos en nuestro interior. Letras que conjugan sentimientos mientras piden ser rescatados. Escribir y dejarse llevar…

Mi memoria recuerda un tiempo pasado, un tiempo diferente cuya protagonista es la inocencia de quien vive sin preguntar cómo, ni cuándo, ni por qué. Solo entiende que la vida no responde a ningún parámetro, a ningún patrón que no sea más que el de vivir. Simplemente, vivir. Pasan los años y la perspectiva que teníamos del mundo cambia por completo.

inocencia

La vida golpea, a veces tan duro que crees no poder resistir. Pero lo haces, irremediablemente, resistes. El arcoíris se transforma en un lienzo de dos colores. La dualidad del blanco y el negro, la luz y la oscuridad. Porque eso es la vida, ¿no? Ganar o perder la partida. Y nos perdemos en esa ardua batalla, en el liderazgo más que en el aprendizaje de lo que supone luchar sabiendo que, en la pérdida también existe una victoria que espera a ser descubierta.

Somos tan maravillosos y tan tercos al mismo tiempo. Si entendiéramos que solo nos pertenecemos a nosotros mismos, que no podemos poseer algo solo porque creamos que nos ha pertenecido durante un tiempo. Es entonces cuando dejaríamos de perder, de fracasar. Y que no existen moralejas al final del camino.

libro

La vida, como las hojas en blanco, espera a ser escrita. No con la misma inocencia con la que aprendimos a jugar o a caer, sino con la valentía de quien arriesga porque quizá mañana no será tarde. Con la certeza de que lo seguro no es ninguna certeza. De que no existen los cuentos de hadas pero sí el derecho y el deber de crear momentos únicos e irrepetibles. Y de compartirlos. Como dijo el poeta libanés: “No busques al amigo para matar las horas, búscale con horas para vivir”.

Reír sin miedo, llorar sin un motivo aparente, aunque lo haya. Correr hacia adelante y hacia atrás, sin detenernos demasiado tiempo. Cantarle al nuevo día, escribirle a la noche, observar el cielo aunque no siempre sea estrellado. Susurrarle un “te quiero” a esa persona, tararear una canción, dedicar una mirada al azar. Dedicarte la vida. Y suspirar. Cuantas veces queramos.

Destruir los muros que nos separan, borrar los límites del mapa. Envejecer con arrugas o sin ellas, pero llegar al único límite que debe existir, el del tiempo concedido. Matar la guerra, celebrar la vida. Desenfundar las emociones, limpiar el polvo que acumula la soledad. Embriagarse de uno mismo para poder exportar la propia esencia. Y entregarse sin dejar de pertenecerse. Emigrar por voluntad y no por obligación. Que los únicos refugiados sean los amantes de ocasión.

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No quiero dejar de recordar, pero tengo que soltar el ancla. Vivir con el vértigo de quien dejó morir la inocencia, de quien olvidó que se puede volar sin alas. Desaprender el camino y dejarse llevar por la marea.

Myriam Merhi Andión

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